28 ene. 2010

THE PALE BLUE DOT



Encantado de redactar de nuevo.
Hoy no me extenderé en esa filosofía mezquina que me caracteriza. No creo necesario el uso de una nueva reflexión tras visionar y escuchar con atención el video que arriba se muestra. Sólo divagaré un poco.
Se trata de una lección de humildad impartida por el que para mí, fue el mejor maestro en mis años de infancia cuando me deleitaba contemplando la serie Cosmos. No creo que necesite ningún otro tipo de presentación, pero vista la ignorancia de esta sociedad purulenta, me veo en el deber de mencionar su nombre y apellido para el deleite de mi vergüenza ajena. Él es, Carl Sagan (Brooklyn, Estados Unidos; 9 de noviembre de 1934 – Seattle, Estados Unidos; 20 de diciembre de 1996).
Astrónomo y divulgador científico que dedicó su "corta" vida al amor científico. Un amor que intentó compartir con todo aquel que estuviera dispuesto abrir su mente a nuevos horizontes de reflexión fuera de todo dogmatismo. Yo me encuentro en ese saco, un saco que no tiene que ser de esparto, ni siquiera tiene por qué ser un saco si alguien me demuestra lo contrario. Sagan solía decir que:
"...Después de todo, cuando estás enamorado, quieres contarlo a todo el mundo. Por eso, la idea de que los científicos no hablen al público de la ciencia me parece aberrante."
Un sentimiento tal, entiendo que ha de ser correspondido, al menos con cierto interés por esta sociedad en la que nos ha tocado lidiar. Es comprensible por otro lado, la resistencia que demuestra la gente al interés trascendental. No condeno dicha ignorancia, si en cambio, la dejadez que veo en el día a día.
Cúmulo de gordos vagos que tragan información y ocio barato sin quemar calorías en pensamiento y raciocinio elemental.
La clave de nuestra grandeza no está por contra en aprender y nutrirse con eruditos divulgadores que nos muestran las razones del porqué de las cosas. Más bien, se debe buscar en el interior de cada uno esa predisposición al pensamiento libre, sin ataduras ni absolutismos. Se trata en mi opinión, de un ejercicio básico que hoy día, poca gente practica.
Nuestra insignificancia en el entorno que nos rodea puede parecer insultante y en algunos casos, motivo de espanto. Algo lógico si tenemos en cuenta nuestro tesón al egoismo. Somos tan antropocéntricos que resultaríamos objeto de mofa ante un observador externo. Maldita sea, el mismísimo Dios tiene pene y barba blanca. Olvidaba la voz con reverberación.
Por ende, pensad lectores.
Pensar y darse cuenta que sólo somos un pestañeo en un tiempo impasible ante la acción del hombre. Somos insignificantes, sí. Pero resulta maravilloso reparar en ello.

Un saludo. Tengo que devolver unas cintas de video...

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