8 jun. 2010

RELIGIÓN Y MUNDO MODERNO

La religión es un tema al que me gusta prestar atención. Resulta obvia esta afirmación si la acompaño con una cita - sí, todo lo que incluye citas de personajes ilustres aporta cierta clase y yo soy un tipo con clase joder-. A esto me refiero:
"Conoce al enemigo, conócete a ti mismo, y en cien batallas no correrás el menor peligro." Chang Yu. 
Y tras esta introducción vamos a hacer un pequeño recorrido histórico por la eterna "guerra" entre la ciencia y la religión.


A lo largo del tiempo interrogantes aparentemente simples de la humanidad, como el origen del universo, de dónde venimos y adónde vamos, entre otros, han encontrado su respuesta a través de la religión y de la ciencia; pero evidentemente ambos términos no son sinónimos.
La ciencia está intrínseca en la razón, y ésta, fue utilizada por grandes filósofos griegos como Platón y Aristóteles para explicar fenómenos cósmicos y humanos, y además por reconocidos matemáticos como Tales de Mileto o Pitágoras. Sin embargo los griegos no fueron los primeros en hacer ciencia: ya antiguas civilizaciones, como la Jónica, que abrió camino a los recién mencionados matemáticos, o como la de los egipcios, que debido a frecuentes inundaciones en el Nilo, impulsaron la agrimensura, la cual, a su vez, originó la geometría, dando lugar a la creación de sus perfectas pirámides.
En esos tiempos, las creencias religiosas no se oponían a los aspectos científicos o filosóficos, ya que éstos eran justificados mediante la voluntad de los dioses: por ejemplo, en el mundo romano, era el fatum el que regía el camino de sus vidas, el origen y fin escrito de antemano por ellos. De hecho fueron los hombres de fe, quienes fomentaron el desarrollo de un uso metodológico en investigaciones, de leyes resultantes de características observables; el mismo Galileo siempre se consideró católico.


Todos hemos estudiado en las escuelas a ilustres filósofos en los que se incluye San Agustín de Hipona, que es junto con Jerónimo de Estridón, Gregorio Magno y Ambrosio de Milán uno de los cuatro más importantes Padres de la Iglesia latina. San Agustín consideraba que la fe ilumina la razón y que la razón nos lleva a la cumbre de la fe: “intellige ut credas, crede ut intelligas”, “razona para creer, cree para entender”; en su obra Contra académicos señala además: “deseo aprender la verdad no sólo con la fe, sino también con la inteligencia”.


El conflicto entre ciencia y religión en sí, es relativamente moderno. Estudiosos en el área datan su inicio a partir de los siglos XV y XVI, durante el Renacimiento, cuando principalmente en Europa Occidental comienzan a surgir diversas teorías sobre el movimiento de los planetas y el origen del mundo que se contradecían con las propuestas por Aristóteles en su tiempo, las cuales habían perdurado por muchísimos años; esto indica que, originalmente, la contradicción no era de la ciencia contra la Biblia o la religión, sino de la ciencia contra las teorías aristotélicas. Aristóteles proponía un sistema geocéntrico del universo, al igual que Ptolomeo, en el que la tierra estaba fija en el centro; alrededor de ésta giraban los demás planetas, incluido el sol. Esta propuesta se sostuvo hasta que en 1543 fue publicada la obra de Copérnico "Sobre las revoluciones de las esferas celestes" coincidente con el año de su muerte y dedicada al Pontífice Pablo III. En ella, Copérnico descarta el geocentrismo de Aristóteles dando lugar al heliocentrismo, en donde el sol es el centro del universo.


Más adelante Johannes Kepler, basándose en cálculos matemáticos, afirmó que las órbitas de los planetas no eran circulares sino elípticas, lo cual generó una nueva oposición a los supuestos ptolomeicos.


A fines del siglo XVI, Galileo Galilei con la aparición del telescopio logró sostener que el mundo no era tan perfecto como decía Aristóteles: reafirmó la noción heliocentrista propuesta por Copérnico y observó irregularidades en la luna, satélites que orbitan alrededor de Júpiter, y la presencia de manchas en el Sol, además de convertir a la experimentación en el motor principal de la ciencia; su concepción fue acusada como herejía por la Inquisición romana y Galileo fue obligado a retractarse -ya sabéis... nadie imparte la Hostia Sagrada como la inquisición- además fue condenado a arresto domiciliario. Lo condenaron, pero: la tierra se mueve. Más de 300 años más tarde, la Iglesia encabezada por Juan Pablo II reconocería su error y pediría perdón por ello.


En el siglo XVII, se desarrolló una nueva visión de la sociedad que determinó un mundo moderno marcado por la actitud mental de la época, poniendo fin a una etapa medieval cargada de preocupaciones teológicas. Uno de los artífices de dicha revolución científica fue Isaac Newton responsable, entre otras cosas, de la ley de gravitación universal. Como menciona el escritor y enciclopedista francés Voltaire, Newton “fue admirado por sus compatriotas con sólo publicar y probar su teoría con instrumentos inventados por él”. En su obra, Newton destaca una confluencia entre lo divino y lo racional al mencionar: “…cuando escribí mi tratado sobre la confluencia del mundo no dejé de pensar en aquellos principios que podrían conducir a hombres reflexivos a creer en la divinidad, y nada puede ser más satisfactorio que la comprobación de que es útil para este propósito…”.


A medida que surgían nuevas afirmaciones que apoyaban a la ciencia, nacían ideologías anti-religiosas como el positivismo y el marxismo. La primera, impulsada por Augusto Comte, proponía tres etapas evolutivas por las cuales pasa la sociedad inexorablementeKarl Marx, se basaba en el idealismo filosófico alemán, el socialismo francés y la economía política inglesa; este se oponía a todas las religiones por considerarlas “el opio del pueblo”.


En el 1859, se publica "Sobre la evolución de las especies" de Charles Darwin. Un tipo al que la iglesia católica desearía no haber conocido nunca. En su libro, se explica la evolución de los seres vivientes a partir de un ancestro común mediante el proceso de selección natural y supervivencia del más apto. Estas afirmaciones fueron fuertemente resistidas por la Iglesia, aunque al igual que sucedió con Galileo, Juan Pablo II lo reivindicaría en el futuro; el pontífice admitirá que la parte material del hombre puede haber sido producto de una evolución biológica, pero que su parte espiritual le fue dada por Dios. A esto es lo que a mi me gusta denominar "religión new wave" ya que hoy día son muchos los religiosos que cogen pequeñas ideas de la ciencia y las moldean para que encajen en sus respectivas ideologías. No voy a esconder la mano después de arrojar la piedra señores... yo también he despegado las pegatinas del cubo Rubik y las he vuelto a pegar para que todo encaje de manera harmoniosa.


Siguiendo con el recorrido histórico, sin duda, el siglo XX fue testigo de uno de los mayores genios de la ciencia moderna: Albert Einstein; entre sus logros más notables se encuentran la concepción de masa y espacio, plantear las bases de la cosmología moderna, explicar las razones de la fuerza de gravedad y la interacción entre la luz y la materia. A pesar de autodefinirse como judío, en una carta dirigida a Eric Gutkind menciona, entre otros aspectos, la poca importancia que le da a la religión en sí; en el escrito calificaba a las creencias religiosas como “supersticiones infantiles”, agregando además “…la religión del futuro será la cósmica, una religión basada en la experiencia y que rehuya los dogmatismos…”.


En estos últimos años la ciencia ha hecho avances importantísimos que no sólo ayudan a explicar el origen y la formación del universo y las leyes que lo rigen, sino que también ayudan al hombre a facilitar sus tareas diarias. Todos estos aportes, han conseguido que la religión quede rezagada con respecto a la ciencia.


La ciencia nos ha obligado a replantearnos el papel del ser humano en el mundo: de ser un actor creado por Dios ha pasado a ser un producto de la evolución animal.


Steven Weinberg, físico estadounidense ganador del Premio Nobel de física en 1979 realizó un curioso análisis en el cual afirmó la existencia de varias fuentes de tensión entre la Religión y la Ciencia:


La primera de ellas es el hecho de que la religión haya tomado gran parte de su fuerza de la observación de fenómenos misteriosos como los desastres naturales, las enfermedades, etc, que parecerían requerir para su existencia de la intervención de algún ser divino.
A medida que el tiempo ha ido pasando, esos misterios se han ido explicando desde una perspectiva cada vez más naturalista y la misma ciencia no ha constatado nunca nada que requiera de una intervención sobrenatural para su explicación.


Una segunda fuente de tensión entre religión y ciencia se deriva del hecho de que las explicaciones científicas hayan aumentado las dudas del rol especial del ser humano en el mundo. Esto ocurrió después de la moderna revolución científica, cuando apareció este conflicto obvio entre la visión tradicional de la creación y una Biblia que habla sobre “el” mundo, aparentemente ignorando el hecho de que la Vía Láctea contiene cuatrocientos mil millones de Soles, cada uno de ellos con sus planetas y lunas. Cabe destacar además, que la Vía Láctea es una entre otras miles de millones de galaxias visibles en el universo conocido. Hablar de “el” mundo suena como si se estuviera atado a la Tierra, y muy confinados al conocimiento del universo que se tenía hace miles de años.
La teología cristiana, por ejemplo, está centrada en la Tierra y atañe sólo a un pequeño trozo de espacio; un trozo de espacio insignificante en la inmensidad cósmica.


En mi opinión, es en este punto es cuando la versión religiosa de la realidad natural se hace insostenible, cuando la gente religiosa pide que no se mire a la religión desde una perspectiva científica.


Conviene aquí detenerse un momento en la lectura de esta extensa entrada de blog y realizarse a uno mismo una pregunta ad hoc con lo anteriormente escrito: ¿creéis que el Dios tradicionalista, basado en la tierra, tiene cabida en un panorama en el que se exponen innumerables mundos parecidos al nuestro en el universo?




Ilustración: Miles de galaxias fotografiadas por el telescópio espacial Hubble, en una exposición al espacio profundo.


Otra fuente de tensión entre ciencia y religión radica en la autoridad. Las religiones tradicionales se basan en la autoridad, representada por un líder infalible (un profeta, un Papa, un Imán) o por un texto sagrado, como la Biblia o el Corán. Aquí encontramos los dogmas de fe, donde nadie tiene derecho a opinar sobre el asunto, porque sólo quien escribió el manuscrito original (ya sea uno de los libros de la Biblia, o el Corán o similar) tenía la inspiración para saber que significaba, y solamente los que pertenecen a una iglesia organizada tienen derecho a decidir cómo se interpretan determinados textos.


El problema de pensar en estos términos es que nos acostumbra a nunca poner en duda nuestras opiniones, o las que aprendimos de los mayores. Aprendemos a sentir lástima por los demás, lástima por aquellos que piensan diferente. No debemos comprender a los demás, sino "evangelizarlos". Dudar se considera una debilidad, una "falta de fe", algo que ningún creyente se puede permitir. Y al "evangelizar" a otros les enseñamos también a no pensar por sí mismos, a no dudar de los demás.


La solución no está en comenzar de nuevo, sino en solucionar el problema básico, el que es la causa de los demás problemas, y este problema en mi opinión, son los dogmas (y los diversos nombres que puedan tener, como "actos de fe"). Pero los dogmas no son exclusividad de las religiones e ideologías espirituales. De hecho, muchos movimientos espirituales no tienen algo parecido a un dogma, así que una religión o una creencia espiritual definitivamente no necesitan dogmas para tener sentido.


La Ciencia, en cambio se apoya en autoridades de otra índole. Existen múltiples expertos en diferentes materias y siempre estará presente el hecho de que cualquiera de esos expertos podría estar equivocado. Para los científicos, ni siquiera los héroes de la ciencia, como Einstein, son considerados como profetas infalibles. Usaré a continuación una frase de Carl Sagan para apoyar este razonamiento: "En la Ciencia la única verdad sagrada, es que no hay verdades sagradas."


Cuando se critica que las prescripciones morales e ideológicas de la religión han quedado en gran parte anticuadas o no se han sabido adaptar a los nuevos descubrimientos sobre la realidad, enseguida los creyentes demandan respeto a su fe, por muy irracional o impulsiva que sea ésta. Y, por supuesto, uno puede creer lo que quiera. Lo que es difícil de respetar es el dogma. Porque el dogma puede ser sinónimo de fanatismo.


Los creyentes suelen aducir que quienes creen en la ciencia también tienen otro modo de fe: fe en que, por ejemplo, determinados postulados científicos son verdaderos. Eso es cierto. La diferencia estriba en que las verdades de la religión son incuestionables, eternas, proceden de una sola fuente o de muy pocas fuentes, no se cuestionan a menudo, no se someten a duros análisis so pena de considerarse una falta de respeto, no se conducen, en definitiva, con humildad.


La ciencia es también fe. Fe en hipótesis y teorías. Pero una fe humilde, deseosa de evolucionar, pues considera que no posee la verdad, sino que se aproxima a la verdad en sucesivos adelantos y regresiones.


Estamos viviendo en una época en la que se producen cambios asombrosos a todos los niveles y a unas velocidades que exceden nuestra asimilación. Muchas cosas que se consideraban ciertas hace apenas 25 años ya no lo son. Si no estamos dispuestos a considerar alternativas, nuevas ideas, nuevos enfoques, y evitar en lo posible que nuestras doctrinas lastren nuestro juicio, entonces corremos el riesgo de quedarnos atrás, agarrados a nuestras convicciones de forma desesperada y como único sustento.


Creo que todos estos dogmas mencionados, pueden ser una especie de cobijo en los que resguardarse y que sirva de revulsivo ante los nuevos hallazgos que la ciencia contempla, como por ejemplo: la probabilidad de que, al que igual que muchas otras especias ya extintas, la raza humana desaparezca. Se habla de un Big Crunch, de que el Sol se enfriará, de una gran helada y demás hipótesis que deshacen las aspiraciones humanas. Lo más probable es que la mayoría de las personas no puedan vivir una vida “llena” sabiendo de la eminente extinción de los humanos. Muchos buscan la inmortalidad o el resguardo en algo seguro a lo que aferrarse y la religión satisface esa necesidad.


El campo de la religión, es evocativo, expresivo, emotivo. Presenta poesía moral, inspiración estética, rituales ceremoniales, los cuales dramatizan la condición humana y los intereses humanos y buscan saciar la sed de significado y propósito. Las religiones —por lo menos las religiones de revelación— tratan de historias, narrativas, metáforas, mitos; y conforman lo divino en forma humana (antropomórfica). Expresan los deseos existenciales de los individuos que tratan de lidiar con el mundo y encuentran sentido al estar de cara con la muerte. El lenguaje religioso en este sentido es escatológico. Su función primordial es expresar esperanza. Si la ciencia nos da verdad, la moralidad lo bueno y lo correcto, y la política justicia, la religión es el reino de las promesas y de las expectativas. Su función principal es superar la desesperación en respuesta a la tragedia, adversidad y conflicto humano, los hechos frágiles e inexplicables de la condición humana. Bajo esta interpretación las religiones no son necesariamente verdaderas, ni son primordialmente buenas o están en lo correcto, o siquiera justas; son, evocativas, tratando de trascender el miedo, la ansiedad y la angustia, proveyendo un bálsamo para el corazón herido —al menos para mucha gente, si no es que para toda.


En definitiva, la ciencia y la religión convivirán juntas por mucho tiempo. Las religiones no desaparecerán fácilmente, porque son propias de las sociedades, es algo que las caracteriza. Por su parte la ciencia avanza a un paso desenfrenado, describiendo un camino único e importantísimo. Tal vez, la clave para compatibilizarlas o para no generar conflicto entre ambas es saber cómo y cuándo recurrir a nuestras creencias, y también manejarnos con ética en el campo científico. Esto sería un gran avance en la convivencia de estos dos eternos “vicios de la sociedad”.

1 comentario:

  1. Un gran artículo, Patrick. El penúltimo párrafo es excepcional, un resumen concreto y muy bien escrito del "conflicto"...

    Chapeau!

    Saludos

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