La última entrada es de 2014.
He tenido que mirarlo porque no recordaba el año y, para ser completamente sincero, tampoco recuerdo haber decidido dejar de escribir. Supongo que estas cosas no terminan de una manera solemne. Nadie cierra un blog publicando:
ÚLTIMA ENTRADA. A partir de mañana comenzaré a desperdiciar mi tiempo de formas mucho menos documentadas.
Simplemente un día no escribes.
Y luego haces otras cosas.
Al parecer, durante doce años.
He vuelto a leer algunas entradas y ha sido un poco como entrar en el piso de alguien que murió hace mucho tiempo y descubrir que, por algún error administrativo, todavía tienes las llaves. Reconozco al tipo que escribió aquello. Tiene mi nombre, mis recuerdos y esa seguridad extraordinaria con la que uno opina cuando todavía no ha acumulado suficientes pruebas de que quizá no tiene ni puta idea.
Pero ya no vive aquí.
Tampoco quiero hacer un inventario de estos doce años. La memoria no funciona así. El cerebro es un archivero alcohólico: extravía temporadas completas de tu vida pero conserva con precisión forense una conversación de siete minutos que ocurrió a las cuatro de la mañana y que preferirías que hubiese muerto junto con el teléfono desde el que fue enviada.
Lo que sí puedo decir es que no he salido indemne.
He trabajado, he querido a gente y he dejado de querer a alguna. Alguna ha. dejado de quererme a mí, que es bastante menos elegante. He enviado mensajes que deberían haber sido interceptados por un funcionario y recibido otros que probablemente deberían conservarse en formol. He conocido personas extraordinarias y auténticos hijos de puta.
En ocasiones eran la misma persona.
He cometido errores y he repetido varios para comprobar que los resultados eran reproducibles. He pedido perdón por cosas que hice, por cosas que dije y alguna vez incluso por cosas que sigo pensando que tenía razón en hacer.
Esto último debe de ser la madurez.
También he visto desaparecer personas que estaba convencido de que permanecerían siempre y permanecer otras que, sinceramente, parecían bastante menos resistentes.
La vida tiene un departamento de Recursos Humanos lamentable.
Y he aprendido que «para siempre» es una unidad de tiempo sorprendentemente flexible. Puede significar cuarenta años. Puede significar hasta septiembre. En determinados casos significa hasta que uno de los dos conoce a alguien en una aplicación.
Debería venir especificado en alguna parte.
Cuando era más joven pensaba que alrededor de los cuarenta aparecería una especie de serenidad administrativa. Una mañana te levantarías comprendiendo las relaciones sentimentales, los impuestos, la muerte, el funcionamiento de una caldera y por qué algunas personas dicen «tenemos que hablar» cuando lo que realmente quieren decir es:
«He tomado una decisión unilateral que va a destrozarte la semana, pero me gustaría que participases en la reunión.»
No ocurre.
Cumples años pero sigues improvisando.
Solo que ahora improvisas con recibos domiciliados.
Eso sí: aprendes a fingir mejor. Puedes estar contemplando el derrumbe completo de tu vida sentimental y, al mismo tiempo, responder un correo del trabajo con:
«Perfecto, muchas gracias. Quedo pendiente.»
Eso es hacerse adulto.
Estar emocionalmente demolido y mantener una correcta comunicación corporativa.
Buena parte de la civilización depende de personas que están a dos malas noticias de meterse debajo de una mesa pero siguen escribiendo «un saludo» al final de los correos.
Con los años también he descubierto algo bastante decepcionante: prácticamente nadie sabe qué coño está haciendo.
Hay personas que parecen saberlo.
Son peligrosísimas.
Suelen tener un pódcast.
El resto improvisamos trabajos, relaciones, amistades, dinero, sexo, pérdidas y decisiones importantes. Después miramos hacia atrás y construimos una explicación coherente para fingir que existía un plan.
No existía.
Estabas cansado. Tenías miedo. Necesitabas dinero. No querías estar solo. Te apetecía follar. Elegiste una opción y años después lo llamas «una etapa necesaria de mi vida» porque «no tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo» queda fatal en LinkedIn.
La experiencia tampoco proporciona la inmunidad que prometía. Sirve principalmente para reconocer una catástrofe unos segundos antes de participar voluntariamente en ella.
Sabes que no deberías mandar ese mensaje y lo mandas. Sabes que determinada persona es una pésima idea y decides conocerla un poco mejor para reunir pruebas. Sabes perfectamente cómo terminó aquello la última vez y, aun así, alguna parte funcional de tu cerebro propone repetir el experimento por si las leyes fundamentales del universo han cambiado desde el jueves.
No suelen haber cambiado.
Y quizá por eso he vuelto a escribir.
Porque ahora me interesan bastante menos las grandes respuestas y mucho más los desperfectos. Las pequeñas situaciones grotescas que aparecen cuando dos seres humanos cometen la imprudencia de conocerse demasiado.
Las relaciones humanas, sobre todo.
Ese enorme vertedero sentimental donde uno entra convencido de que va a encontrar intimidad, comprensión y quizá alguien con quien ver una película un domingo y acaba discutiendo durante cuarenta minutos sobre el significado exacto de un «vale».
Quiero escribir sobre eso.
No sobre el amor.
Del amor ya se ha escrito demasiado y casi siempre desde lugares con una iluminación excelente.
Me interesa lo que ocurre alrededor.
La logística.
Los daños colaterales.
El extraño proceso mediante el cual dos desconocidos empiezan a entregarse información clasificada hasta convertirse en las personas que mejor se conocen y, pasado suficiente tiempo y unas cuantas decisiones cuestionables, vuelven a convertirse en desconocidos.
Solo que ahora son desconocidos con información privilegiada.
Primero conoces a alguien. Después le cuentas cosas que no cuentas a casi nadie. Un día aparece un cepillo de dientes en tu casa y, sin que exista ninguna ceremonia oficial, empieza a levantarse una pequeña civilización privada.
Llegan las contraseñas, los amigos comunes, los restaurantes, las canciones, las rutinas y un idioma compuesto por referencias absurdas que solamente entienden dos personas. Lugares perfectamente corrientes adquieren importancia estratégica. Una mesa concreta de un bar deja de ser una mesa y pasa a formar parte de vuestra mitología. Una canción que hasta entonces cumplía dignamente su función de ser una canción queda convertida en material sensible.
Todo eso ocurre sin notario.
Y entonces, algunas veces, todo se va a la mierda.
Ahí empieza el desmantelamiento.
De repente tienes que negociar la devolución de una sudadera con una persona que hace tres semanas sabía exactamente dónde tocarte para que dejases de pensar. Alguien a quien conocías perfectamente se convierte en un desconocido que todavía sabe cómo tomas el café.
Hay fotografías que no quieres mirar pero tampoco borras, restaurantes a los que dejas de ir y canciones inocentes que adquieren la capacidad completamente injustificada de joderte un martes.
Hay que devolver llaves, separar objetos, eliminar accesos digitales y explicar a gente que apenas te importa que ya no estáis juntos. Una pequeña civilización que tardó años en levantarse termina reducida a dos bolsas, una contraseña de Netflix y una conversación incómoda sobre quién se queda una planta.
Y me parece especialmente fascinante que una persona pueda saber dónde guardas los calzoncillos y seis meses después no saber si debería felicitarte por tu cumpleaños.
Es una transición demasiado violenta para que no exista algún formulario.
A PARTIR DE LA PRESENTE FECHA AMBAS PARTES ACEPTAN NO SABER QUÉ HACER CON LAS MANOS CUANDO SE ENCUENTREN POR LA CALLE.
Firma aquí.
Dos copias.
Me interesa esa mierda.
La gente que desaparece y la que vuelve. Especialmente la que vuelve cuando ya no debería hacerlo.
Las tres palabras «¿cómo estás?» enviadas por la persona adecuada pueden conseguir que pases las siguientes seis horas intentando averiguarlo.
Hay gente que reaparece meses después como si hubiese salido un momento a comprar tabaco.
No menciona el incendio.
No pregunta por las víctimas.
Simplemente:
«Me he acordado de ti.»
Fantástico.
Yo también me acuerdo de Chernóbil. Pero entiendo que hay lugares a los que uno no vuelve solo porque todavía emitan radiación.
...
Pero contestamos.
Claro que contestamos.
Y después analizamos cinco mensajes como si acabasen de aparecer grabados en una tablilla sumeria.
Un punto.
Tres puntos.
Once minutos sin responder.
Un «me alegro» donde antes habría habido un «me alegro mucho».
De repente eres una agencia de inteligencia dedicada exclusivamente a una persona que probablemente está viendo una serie y comiendo cereales.
Me interesan también los amigos que asisten a tus catástrofes sentimentales como corresponsales de guerra. Las citas lamentables. Los silencios. Las conversaciones que reconstruyes dos días después, cuando encuentras por fin la respuesta perfecta y ya no sirve absolutamente para nada.
Y esa peculiar capacidad humana para echar de menos situaciones que, cuando estábamos dentro de ellas, tampoco nos hacían particularmente felices.
El cerebro es extraordinario.
Puede olvidar por qué has entrado en una habitación y conservar durante quince años una frase que alguien dijo una noche concreta con una entonación ligeramente distinta.
Francamente, la evolución podría haberse centrado en otras prioridades.
Es difícil encontrar una especie animal más ridícula que nosotros.
Y sin embargo aquí seguimos.
Conociendo gente. Enamorándonos. Prometiendo cosas. Instalando aplicaciones, desinstalándolas y volviéndolas a instalar. Diciendo «esta vez voy a hacer las cosas de otra manera» con la convicción de un alcohólico entrando en bar.
Lo hacemos porque tampoco tenemos demasiada elección.
Estamos condenados a observar la realidad desde aproximadamente un metro detrás de nuestros propios ojos y, desde aquí, todo parece enorme.
Nuestros problemas son enormes.
Nuestras pérdidas son enormes.
Nuestras relaciones son enormes.
Una persona puede dejar de quererte un martes y durante algún tiempo parece perfectamente razonable asumir que se ha producido una alteración fundamental en el orden de las cosas.
Pero no.
El miércoles llega puntualmente.
Y esa normalidad me parece de una crueldad exquisita.
Puedes estar viviendo el peor día de tu vida y, en el piso de arriba, alguien está viendo un concurso de televisión. Puedes recibir una llamada que divida tu existencia entre un antes y un después mientras un señor, a veinte metros, compara dos marcas de yogur.
Tu relación puede terminar a las 18:43 y a las 18:44 pasar un autobús delante de la ventana.
A las 18:45 alguien comprará detergente.
A las 18:46 algún niño estará intentando introducirse una pieza de Lego por un orificio que el fabricante no contempló en las instrucciones.
El mundo ni siquiera tiene la cortesía de bajar un poco el volumen.
Sigue.
Y lo hace porque al universo le importamos una mierda.
Esto puede sonar deprimente, pero conviene hacer una precisión.
El universo no es cruel.
La crueldad exigiría interés.
El universo es indiferente.
Eso es bastante peor.
Si alguien te odia, al menos has conseguido ocupar espacio dentro de su cabeza. La indiferencia es mucho más limpia. No requiere intención, explicación ni siquiera conocimiento de tu existencia.
Ninguna estrella está conspirando contra ti. Ninguna galaxia modifica ligeramente su trayectoria porque alguien haya decidido que «necesita encontrarse a sí mismo» y, por alguna extraña coincidencia, haya considerado imprescindible encontrarse sin ti.
No existe un departamento cósmico llevando la contabilidad.
Nadie está anotando que ya has sufrido bastante este trimestre.
No figuramos en el informe.
Y basta con alejar un poco la cámara para que toda nuestra solemnidad empiece a resultar cómica.
Estamos sobre una esfera de roca que gira alrededor de una estrella bastante mediocre, situada en una zona sin ningún prestigio particular de una galaxia que contiene cientos de miles de millones de estrellas. Esa galaxia es una más entre una cantidad obscena de galaxias.
El universo lleva unos 13.800 millones de años haciendo sus cosas sin consultarnos.
Nosotros aparecimos prácticamente anteayer y rápidamente llegamos a la conclusión de que todo aquello debía de tener algo que ver con nosotros.
Es difícil no admirar la confianza.
Y en algún punto microscópico de todo ese despropósito cósmico estás tú, mirando WhatsApp con la intensidad de un operador de radar porque alguien ha aparecido «en línea» tres veces y no te ha contestado.
Ahí estamos.
Hemos dividido el átomo, fotografiado agujeros negros, trasplantado corazones y enviado máquinas fuera del sistema solar.
También podemos perder una tarde intentando determinar si existe una diferencia emocional significativa entre «jaja», «jajaja» y «JAJAJA».
Somos simios con física cuántica y ansiedad de apego.
Francamente, hemos llegado demasiado lejos.
Pero lo mejor es que conocer nuestra insignificancia no sirve absolutamente para nada.
Puedes comprender las dimensiones del universo. Saber que nuestra vida ocupa una fracción estadísticamente ridícula de su existencia. Aceptar que dentro de cien años casi todos los que estamos aquí habremos desaparecido y que, poco después, desaparecerá también la mayoría de la gente que todavía recuerde nuestros nombres.
Puedes saber que llegará un momento en el que nadie recuerde aquella conversación que te destrozó.
Ni la habitación donde ocurrió.
Ni siquiera quiénes eran las dos personas que estaban dentro.
Todo olvidado.
Todo resuelto mediante el eficiente procedimiento de que todos los implicados estén muertos.
Y entonces alguien a quien quieres te dice que ha conocido a otra persona.
A tomar por culo la astronomía.
El universo vuelve a medir tres metros por cuatro.
Hay una mesa. Dos sillas. Una persona delante de ti y una frase flotando en medio de la habitación como un artefacto explosivo que ambos están fingiendo no haber visto.
Todo lo que existe cabe ahí dentro.
Eso es lo que me parece fascinante.
Somos insignificantes a una escala tan grande que nuestro cerebro apenas puede comprenderla y, al mismo tiempo, somos incapaces de vivir como si lo fuéramos.
Porque el universo puede ser indiferente.
Nosotros no.
Nos importa una persona. Un perro. Una canción. Una habitación en la que ya no vivimos. Un restaurante al que preferimos no volver. Una fotografía que no borramos pero tampoco queremos mirar.
Podemos echar de menos a alguien que quizá lleva años sin pensar en nosotros y atribuir una importancia absurda a un objeto que no vale nada simplemente porque estuvo presente cuando todavía éramos otra versión de nosotros mismos.
Somos máquinas de fabricar significado en un lugar que probablemente no contiene ninguno.
Cogemos cosas perfectamente ordinarias —una camiseta, una mesa, una canción, un plato de comida— y conseguimos cargarlas de recuerdos hasta que adquieren la capacidad de hacernos daño.
No sé si eso es extraordinariamente hermoso o una avería neurológica.
Probablemente ambas.
Así que este blog va a ir un poco de eso.
De situaciones reales.
Algunas mías.
Otras de personas que han tenido la mala fortuna de contarme cosas.
De relaciones, amistad, soledad, sexo, trabajo, nostalgia y decisiones tomadas por adultos que disponían de toda la información necesaria para saber que eran una idea de mierda y aun así siguieron adelante.
De gente que se marcha. De gente que vuelve. De lo que hacemos cuando estamos solos y de las cosas todavía más extrañas que hacemos para dejar de estarlo.
De todas esas pequeñas averías asociadas al hecho bastante improbable de estar vivo y tener que compartir planeta con otros ocho mil millones de animales igualmente confundidos.
Probablemente cambiaré nombres, lugares y detalles porque me interesa escribir, no acabar declarando delante de un juez.
Pero lo importante habrá ocurrido.
Eso es lo peor.
Tampoco quiero extraer grandes enseñanzas de cada historia.
No habrá moralejas.
Internet ya está suficientemente lleno de gente intentando convertir cada hostia de la vida en una experiencia transformadora. Todo tiene que enseñarte algo, ayudarte a crecer, desbloquear una versión mejor de ti mismo o conducirte al descubrimiento de que «primero debes aprender a quererte».
Te despiden: oportunidad.
Te abandonan: aprendizaje.
Pierdes dinero: crecimiento.
Te atropella un autobús: probablemente necesitabas frenar.
Si alguna vez termino una entrada escribiendo algo parecido a que todo ocurre por algo, agradecería que alguien localizase mi domicilio y desconectase Internet.
A veces una hostia es solamente una hostia.
No te hace crecer.
No mejora tu inteligencia emocional.
No desbloquea una versión mejor de ti mismo.
No te conecta con el universo ni estaba destinada a suceder para conducirte hacia un lugar mejor.
Simplemente duele.
Después pasa el tiempo.
Y un día, mientras estás haciendo cualquier otra cosa, recuerdas aquello que te tuvo tres meses mirando el techo.
Y te hace gracia.
No porque haya dejado de importar.
Sino porque finalmente puedes verlo desde fuera.
Supongo que quiero escribir desde ahí.
Desde esa distancia incómoda donde todavía reconoces la cicatriz pero ya puedes contar cómo te la hiciste sin convertir la habitación en un funeral.
Han pasado doce años desde la última vez que escribí aquí.
Entonces tenía bastante menos experiencia y muchas más certezas.
Ahora tengo exactamente lo contrario.
Parece un intercambio razonable.
Así que he vuelto.
No prometo periodicidad. Teniendo en cuenta mis antecedentes, sería una amenaza más que un compromiso.
No prometo utilidad.
Y desde luego no prometo finales felices.
Fuera, mientras escribo esto, la Tierra continúa desplazándose por el espacio sin mostrar el menor entusiasmo por mi regreso.
Y hace bien.
Dentro de cien años prácticamente ninguno de nosotros estará aquí. Con suficiente tiempo desaparecerán nuestras fotografías, nuestras conversaciones y las habitaciones donde ocurrieron las cosas que juramos que nunca olvidaríamos.
Tampoco quedará nadie para determinar definitivamente quién tenía razón, quién quiso más, quién se equivocó primero o quién debería haber enviado aquel último mensaje.
No habrá tribunal.
No habrá marcador.
No habrá una escena final donde todo encaje.
Y, curiosamente, eso me parece una razón bastante buena para escribir.
Porque durante este intervalo ridículamente pequeño todavía estamos aquí.
Todavía nos importan cosas que al universo le importan una mierda.
Todavía queremos a personas que algún día serán nombres que nadie recuerda. Convertimos habitaciones corrientes en lugares sagrados porque allí ocurrió algo. Hacemos promesas, cometemos errores y sufrimos catástrofes diminutas bajo estrellas que llevan millones de años ardiendo sin enterarse de una sola.
Y durante un instante absolutamente insignificante, todo eso nos parece importantísimo.
Quizá no haga falta que sea otra cosa.
El universo no estaba esperando que volviese a escribir.
Ni siquiera sabe que me fui.
Perfecto.
Así podemos hablar tranquilos.
Por desgracia, tengo material.
