12 ago 2026

#STOP ECLIPSE

Hoy no voy a ver el eclipse

Hoy hay un eclipse total de Sol.

Y no pienso verlo.

Esto requiere una explicación porque me encanta la astronomía.

Siempre me ha fascinado mirar hacia arriba y recordar que vivimos pegados mediante gravedad a una roca que viaja a unos cien mil kilómetros por hora alrededor de una bola de plasma, mientras una especie de primates particularmente engreídos discutimos sobre aparcamientos, alquileres y quién ha dejado de seguir a quién en Instagram.

El espacio proporciona perspectiva.

Somos materia organizada temporalmente alrededor de una estrella bastante vulgar, en uno de los brazos de una galaxia que contiene cientos de miles de millones de estrellas.

Pero Fernando está indignadísimo porque le han cobrado veinte céntimos por la bolsa del supermercado.

Me parece maravilloso.

Así que sí.

Me gusta la astronomía.

Precisamente por eso llevo varios días hasta los cojones del puto eclipse.

Está en todas partes. Televisión, periódicos, Internet, tiendas, conversaciones. Personas que jamás han mostrado el menor interés por nada situado a más de treinta metros de una terraza preguntan ahora a qué hora exacta deben mirar al Sol y desde qué monte van a experimentar mejor su recién descubierta conexión con el cosmos.

Las gafas se han agotado en muchos sitios. Yo mismo pregunté por ellas.

Lo admito.

Durante unos minutos también participé en la estampida.

No tengo ninguna intención de quedarme ciego por mantener una postura intelectual.

Tengo principios, pero también retinas.

El problema llegó después.

Después de escuchar por vigésima vez la frase:

«Es que no volverá a verse algo así en muchos años.»

Ah.

Entonces sí.

Si es único hay que verlo.

La humanidad mantiene una relación curiosísima con las cosas únicas. Algo puede importarnos una mierda durante toda nuestra vida hasta que alguien nos informa de que quizá no tengamos otra oportunidad.

Entonces hay que estar.

No necesariamente disfrutarlo.

Estar.

Poseer la experiencia.

Poder decir que estuvimos allí.

Documentarlo.

Hacer una fotografía espantosa con el teléfono, subirla junto a otras cuatrocientas mil fotografías prácticamente idénticas y escribir:

BRUTAL.

Quizá añadir el emoji de una explosión para dejar claro que hemos comprendido el universo.

La experiencia humana ha alcanzado su máximo desarrollo.

Lo curioso es que el cielo lleva haciendo auténticas barbaridades constantemente sin que prácticamente nadie levante la cabeza.

Hay lluvias de meteoros. Conjunciones planetarias. Ocultaciones. Cometas. Galaxias cuya luz lleva viajando hacia nosotros desde mucho antes de que existiera alguien capaz de preguntarse qué coño era aquella mancha.

Hay estrellas que estamos viendo y que probablemente ya no existen.

Eso me sigue pareciendo una de las ideas más hermosas y perturbadoras que conozco.

Puedes mirar esta noche un punto de luz y estar contemplando el cadáver luminoso de algo que murió antes de que existiera la escritura.

Estamos viendo fantasmas.

Pero no pone ÚLTIMA OPORTUNIDAD.

Así que a tomar por culo.

Tenemos cosas que hacer.

La astronomía tiene un problema de marketing.

No genera suficiente FOMO.

Saturno, por ejemplo.

Saturno está ahí.

Mañana también.

Muy mal.

Debería desaparecer cada seis meses.

SATURNO ABANDONA EL SISTEMA SOLAR ESTE DOMINGO. EXPERTOS ADVIERTEN QUE PODRÍA NO VOLVER HASTA 2087.

España colapsaría.

MediaMarkt tendría que poner seguridad en la sección de telescopios.

Personas que ayer pensaban que Saturno era una marca de electrodomésticos discutirían acaloradamente sobre la división de Cassini.

—Nosotros hemos cogido sitio desde las cuatro.

Por supuesto que sí, Javier.

Hace tres días no sabías distinguir Venus de un helicóptero, pero hoy eres Johannes Kepler con una nevera portátil.

Ese es el mecanismo que me agota.

No el eclipse.

El eclipse no tiene culpa de nada.

La Luna lleva aproximadamente cuatro mil quinientos millones de años haciendo su trabajo y bastante tiene con soportar que hayamos convertido una alineación orbital en un festival de verano.

Lo que me cansa es nuestra necesidad de transformar cualquier acontecimiento en EL ACONTECIMIENTO.

No podemos simplemente mirar algo.

Hay que organizarlo.

Promocionarlo.

Crear mapas.

Rankings.

«Los mejores lugares para verlo».

«Todo lo que necesitas saber».

«Cinco errores que no debes cometer durante el eclipse».

Diecisiete artículos explicando dónde aparcar y veinticuatro expertos recordándonos que no debemos mirar directamente al Sol porque, después de doscientos mil años de Homo sapiens, todavía necesitamos que alguien nos advierta de que observar fijamente una esfera termonuclear puede presentar algunos inconvenientes.

Dentro de poco habrá Eclipse Premium.

Acceso prioritario a la umbra, dos consumiciones y pulsera conmemorativa.

No descarto una zona VIP donde la Luna pase un poco más cerca.

Y sé que estoy siendo un gilipollas.

Esto también conviene aclararlo.

La gente tiene razón.

El eclipse es extraordinario.

Querer verlo es completamente razonable. Buscar un buen sitio, conseguir protección adecuada, llevar a tus hijos o compartirlo con alguien probablemente sea una forma estupenda de pasar la tarde.

Preferiría que estuvieran equivocados.

Me facilitaría muchísimo despreciarlos.

Pero no.

El problema soy yo.

Soy yo viendo cómo algo que me fascina se convierte durante unos días en el juguete nuevo de todo el mundo y reaccionando como un adolescente al descubrir que su grupo favorito acaba de salir en Los 40.

—Yo los conocía antes.

Enhorabuena.

Aquí tiene su medalla de gilipollas pionero.

Pero hay algo que sí me resulta fascinante.

Hoy millones de personas van a mirar hacia arriba.

Mañana volverán a mirar hacia abajo.

Al teléfono.

Durante unas horas el universo habrá conseguido nuestra atención porque ha organizado una campaña publicitaria impecable.

Oscurecer el Sol.

Eso sí sabemos venderlo.

Dentro de unos días Júpiter seguirá teniendo tormentas en las que cabría nuestro planeta. Saturno continuará rodeado por incontables fragmentos de hielo. Andrómeda seguirá acercándose a nosotros para que dentro de unos cuantos miles de millones de años ambas galaxias se atraviesen en un espectáculo de dimensiones que nuestro cerebro apenas puede representar.

Y a casi todo el mundo volverá a importarle una mierda.

Manolo mirará al cielo únicamente para comprobar si va a llover porque ha dejado unas sábanas fuera.

Hasta que aparezca otro titular:

NO VOLVERÁ A OCURRIR HASTA 2094.

Entonces volveremos corriendo.

Reservaremos hoteles.

Colapsaremos carreteras.

Buscaremos el mejor sitio.

Nos haremos fotografías contemplando algo que lleva sucediendo desde mucho antes de que existiera la primera criatura capaz de hacerse una fotografía contemplándolo.

Y, pese a toda esta mala leche, reconozco que hay algo bonito en ello.

Durante unos minutos una cantidad enorme de personas va a mirar al mismo sitio.

Gente que no se conoce. Personas que se odian. Niños. Ancianos. Astrónomos. Influencers. Idiotas. Señores que esta mañana han descubierto que la Luna no produce luz propia.

Todos mirando hacia arriba mientras una roca de tres mil quinientos kilómetros de diámetro pasa exactamente por delante de una estrella situada a ciento cincuenta millones de kilómetros y la geometría hace algo absolutamente espectacular.

Sí.

Sé que es extraordinario.

Ese es precisamente mi problema.

Me habría encantado verlo antes de que todo el mundo empezara a explicarme cuánto tenía que emocionarme.

Así que esta tarde probablemente haré cualquier otra cosa.

Quizá me tome una cerveza.

Quizá mire hacia el lado contrario por puro compromiso con esta estupidez que he decidido defender.

O quizá, cuando empiece a cambiar la luz, salga corriendo a buscar mis gafas y termine mirando como todos los demás.

Porque una cosa es escribir una diatriba sobre el comportamiento gregario de nuestra especie y otra perderse un eclipse total por mantener un chiste.

Soy pedante.

No imbécil.

Bueno.

No tanto.

Pero si mañana alguien me pregunta:

—¿Viste el eclipse?

Tengo preparada la respuesta.

—No.

Esperaré unos segundos.

—Estoy esperando a que deje de estar de moda.